Una gigantesca estructura de titanio y cristal, proyectada por Paul Andreu, alberga en su interior tres auditorios con una capacidad conjunta de casi 5.500 butacas.
El complejo cultural forma parte del plan de las autoridades chinas de dotar a Pekín de las infraestructuras y de los proyectos emblemáticos que debe tener la capital de una de las principales potencias económicas y políticas del mundo.
Sidney tiene su famosa ópera, París posee las de Garnier y Bastille, y Pekín quería la suya. 'Se trata de un edificio simbólico, del Siglo XXI, para mostrar que China se desarrolla y puede satisfacer las necesidades de cultura de la población', afirma Zhu Jing, portavoz del organismo gestor.
El acceso principal al edificio se realiza por el ala norte, a través de un pasillo de 80 metros de largo, que pasa bajo el estanque. El fondo de cristal de éste queda sobre las cabezas de los visitantes. A ambos lados, hay salas de exposiciones. El corredor desemboca en un vestíbulo de dimensiones catedralicias, al que se asciende por unas escaleras mecánicas. Allí, se mezclan luces y sombras. Las primeras penetran por la cortina de cristal que cubre parte del elipsoide. Las segundas son generadas por la zona recubierta por las placas de titanio. El suelo está cubierto con 10 tipos de piedra de distintas zonas de China; el techo, con palo de rosa, importado de Brasil. El conjunto rezuma solemnidad.
"El Centro Nacional de Artes Escénicas será una plataforma para impulsar los intercambios artísticos con el extranjero, contribuirá a educar a los artistas y a la gente, y permitirá proyectar el arte chino en el mundo", dice Zhu.