| Ha diseñado aeropuertos, rascacielos y museos en todo el mundo. Fue un niño pobre que luchó por cumplir su sueño. Hoy dirige un estudio con más de mil profesionales. Es el arquitecto más influyente del planeta.
Norman Foster fue el único hijo de una familia pobre de Levenshulme, un deprimido suburbio de Manchester. De niño se empachaba de arquitectura, de Lloyd Wright y Le Corbusier, en la biblioteca pública del barrio; amaba el dibujo y los mecanos, pero pronto tuvo que abandonar los estudios. 'Decir en Manchester que querías ir la universidad era como afirmar que ibas a ser el próximo papa'. Hizo la mili en el Ejército del Aire. Allí se enamoraría de la aviación. Al licenciarse se rebeló contra su destino manifiesto, decidió luchar y se costeó la carrera de arquitectura a base de pequeños empleos: panadero, vendedor de muebles, portero de discoteca. Después llegaría una beca para ampliar estudios en la Universidad de Yale (Estados Unidos).
La primera generación de arquitectos que recaló a su lado a mediados de los setenta recuerda el esfuerzo de Foster en aquellos años. Su empuje y pasión. Su ambición por diseñar y construir cada proyecto. 'Ha sido su obsesión; no sólo hacer el diseño estructural de un edificio, sino construirlo, junto a los ingenieros, y con un diálogo constante con la industria para desarrollar nuevas tecnologías'.
Foster rechaza los fogonazos de intuición, los chispazos de genialidad. Es, ante todo, un trabajador. 'Nunca hemos repetido; hay una continuidad, no una copia. Y cada vez a escala más grande. En nuestra arquitectura no hay nada preconcebido. No hay condiciones generales. Todo se diseña en función del dónde, cuándo y para quién. El espíritu del sitio está siempre presente. Cada una de nuestras obras no podría estar en otro sitio'.
Pero sí hay un diseño de Foster que realmente encierre todas sus claves arquitectónicas, es su propio estudio, en Londres. Un espacio diáfano de 1.500 metros cuadrados y más de seis de altura, abierto al Támesis mediante un ventanal de 60 metros, en el que centenares de arquitectos dibujan con luz natural en mesas corridas de 13 metros. |