En la antigua colina del Aventino, en el lugar donde se encontraba la casa de la pía matrona Sabina, consagrada a la Fe por las reuniones que se daban en los primeros siglos cristianos, el Padre Illirico Pietro edificó, en la primera mitad del Siglo V, una basílica en honor a la santa, mártir durante la persecución del Emperador Adriano.
En el Siglo XIII, Onorio III la donará para la orden a Santo Domingo de Guzmán, que hizo construir el claustro y el antiguo convento. Del atrio se entra a la iglesia, de planta basilical conservada íntegramente, de grandes proporciones y austeramente simple.
El interior, inundado de luz que entra por las ventanas dispuestas en alto, está dividida en tres naves con 24 enormes columnas antiguas, acanaladas de estilo corintio. Sobre éstas se apoyan los arcos, que sostienen las paredes decoradas con policromía marmórea del Siglo V llamado «opus sectile marmoreum».
En la zona central de la alta nave principal, cubierta con techo encasetonado, se encuentra la piedra sepulcral en mosaico del General de la orden de los dominicos «Muñoz de Zamora», muerto en 1300. Se trata de un precioso trabajo atribuido a Jacopo Torriti.
Las puertas de ingreso a la basílica son una obra maestra del arte paleocristiano del Siglo V. Están esculpidas en madera de ciprés, divididas en recuadros que representan escenas del Antiguo y Nuevo Testamento.
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