En Sant’Andrea al Quirinale, uno de los últimos ejemplos de arquitectura barroca romana, vemos el resurgimiento de la planta centralizada tras el Concilio de Trento. Esta era la iglesia de los novicios de los jesuitas, siendo construida por Bernini entre 1659 y 1670 y financiada por Camilo Pamphili.
La planta es de forma oval, con la puerta situada en el eje menor y precedida por una composición de forma curvada, rompiendo el sentido longitudinal de este tipo de planta.
Tiene otras cuatro capillas ubicadas a los lados de los ejes transversales al eje menor. Por tanto el interior crea la sensación de que es bastante mayor el eje corto que el largo, al continuarse este por la capilla mayor y el pórtico, creando la sensación de una planta circular.
El interior se articula mediante pilastras y esta decorado esculturas, convirtiéndose la arquitectura en el marco en el que éstas se desarrollan. Los materiales utilizados son ricos, utilizándose mármoles de colores, piedras jaspeadas y decoración de estuco diseñado por Bernini.
El altar se encuentra decorado con pinturas del martirio de San Andrés y sobre éste, la estatua de su apoteosis ascendiendo al empíreo y figuras de ángeles portando guirnaldas. La profesión de San Andrés era la de pescador y esta se convierte en una metáfora del futuro de los jesuitas, que han de ser pescadores de almas.
Se busca la emoción y la emotividad. Las diferentes artes se confunden y se integran entre sí, conjugándose la arquitectura con la escultura. La fachada es de un clasicismo y severidad desconocidos en el interior y se compone por medio de un empilastrado gigante que sostiene un frontón, estando formado el pórtico por una suerte de medio tholoi.