El intervalo que media entre La Capilla Sixtina y el Juicio Final coincide con los pontificados de León X (1513-1521) y Clemente VIII (1523-1534), ambos pertenecientes a la familia de los Medicis; los dos prefirieron emplear a Miguel Ángel en Florencia centrándose las actividades del artista en la Basílica de San Lorenzo, la iglesia de los Medicis.
Al cabo de un siglo del revolucionario proyecto de Brunelleschi para la Sacristía Vieja, León X resolvió construir un edificio que emulase a aquel (La Sacristía Nueva) para albergar las sepulturas de Lorenzo el Magnífico, el hermano de éste, Giuliano y otros dos miembros más jóvenes de la familia, llamados también Lorenzo y Giuliano.
La Sacristía Nueva se ideó como un conjunto arquitectónico- escultórico; es la única obra del artista en que las estatuas han quedado en el escenario concebido específicamente para ellas. Miguel Ángel trabajó en este proyecto durante catorce años.
El diseño de las dos sepulturas presenta todavía cierto parentesco con el Renacimento temprano aunque el estilo que introduce Miguel Ángel con una serie de cambios, lo sitúa más próximo al Manierismo.
En los laterales se encuentran los Duques Lorenzo y Giuliano mirando hacia un grupo con la Virgen entre santos, representados en monumentos sepulcrales con sus efigies.
Uno de los sepulcros laterales está dedicado a Lorenzo (Duque de Urbino), en actitud de pensador. Se resuelve el sarcófago con frontón curvo sobre basamento, con dos representaciones escultóricas sobre él del tiempo: el Crepúsculo y la Aurora en personificaciones. Sobre ellos, el remate de la figura del difunto introducida en una hornacina cierra el esquema triangular.
Este equilibrio inestable de las personificaciones es signo manierista inequívoco, como también lo es la exageración anatómica fuera de la norma clásica y el aspecto inacabado del rostro. La figura de Lorenzo, se muestra sedente (sentado), reflexivo, meditabundo en su esquema, contrario a Giuliano, con un carácter y actitud de mayor extroversión.
Giuliano se encuentra flanqueado por las personificaciones de la Noche y el Día, en la misma composición que el anterior. Ambas figuras dirigen sus miradas hacia el grupo de figuras de la Virgen y el Niño. En términos neoplatónicos, representa una apoteosis del alma, una búsqueda de la eternidad.
En el proyecto original existían unos ríos en la base, símbolos de la materia que ocasionan movimientos y cambios, que no se llegarían a realizar.
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