El diseño se compone de dos elementos: grandes volúmenes de hormigón conforman junto con la luz la totalidad del proyecto. La disposición estratégica de los lucernarios ilumina cada uno de los sacramentos a una hora del día.
El edificio emerge a través de la excavación y se mimetiza con el lugar. Las texturas, los colores y acabados responden a esta idea, creando una pieza que recuerda a una roca rota saliendo de la tierra.
El arquitecto emplea el hormigón blanco para el exterior y ladrillo rojo para el interior, los cuales reclaman "una manera de resumir la relación entre el tradicional uso de los ladrillos y la tecnología moderna de los nuevos desarrollos urbanos".